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Catechesi Santo Padre

romeroAlle ore 12.20 di questa mattina, nella Sala Regia del Palazzo Apostolico, il Santo Padre Francesco ha ricevuto in Udienza i partecipanti al Pellegrinaggio da El Salvador, a Roma in segno di ringraziamento per la Beatificazione di Mons. Oscar A. Romero.

Pubblichiamo di seguito il discorso che il Papa ha rivolto ai presenti all’udienza:

Discorso del Santo Padre

Queridos hermanos en el Episcopado,

Autoridades,

Sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas,

hermanos y hermanas.

Buenos días. Con mucha alegría recibo hoy su visita y, al darles la más cordial bienvenida, deseo manifestarles también mi afecto por todos los hijos de la querida nación salvadoreña. Agradezco a Mons. José Luis Escobar, Presidente de la Conferencia Episcopal, sus amables palabras. A todos ustedes, muchas gracias por su presencia calurosa y entusiasta.

Los trae a Roma la alegría por el reconocimiento como beato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, Pastor bueno, lleno de amor de Dios y cercano a sus hermanos que, viviendo el dinamismo de las bienaventuranzas, llegó hasta la entrega de su vida de manera violenta, mientras celebraba la Eucaristía, Sacrificio del amor supremo, sellando con su propia sangre el Evangelio que anunciaba.

Desde los inicios de la vida de la Iglesia, los cristianos, persuadidos por las palabras de Cristo, que nos recuerda que «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo» (Jn 12,24), hemos tenido siempre la convicción de que la sangre de los mártires es semilla de cristianos, como dice Tertuliano. Sangre de un gran número de cristianos mártires que también hoy, de manera dramática, sigue siendo derramada en el campo del mundo, con la esperanza cierta que fructificará en una cosecha abundante de santidad, de justicia, reconciliación y amor de Dios. Pero recordemos que mártir no se nace. Es una gracia que el Señor concede, y que concierne en cierto modo a todos los bautizados. El Arzobispo Romero recordaba: «Debemos estar dispuestos a morir por nuestra fe, incluso si el Señor no nos concede este honor... Dar la vida no significa sólo ser asesinados; dar la vida, tener el espíritu de martirio, es entregarla en el deber, en el silencio, en la oración, en el cumplimiento honesto del deber; en ese silencio de la vida cotidiana; dar la vida poco a poco» (Audiencia General, 7 enero 2015).

El mártir, en efecto, no es alguien que quedó relegado en el pasado, una bonita imagen que engalana nuestros templos y que recordamos con cierta nostalgia. No, el mártir es un hermano, una hermana, que continúa acompañándonos en el misterio de la comunión de los santos, y que, unido a Cristo, no se desentiende de nuestro peregrinar terreno, de nuestros sufrimientos, de nuestras angustias. En la historia reciente de ese querido país, al testimonio de Mons. Romero, se ha sumado el de otros hermanos y hermanas, como el padre Rutilio Grande, que, no temiendo perder su vida, la han ganado, y han sido constituidos intercesores de su pueblo ante el Dios Viviente, que vive por los siglos de los siglos, y tiene en sus manos las llaves de la muerte y del abismo (cf. Ap 1,18). Todos estos hermanos son un tesoro y una fundada esperanza para la Iglesia y para la sociedad salvadoreña. El impacto de su entrega se percibe todavía en nuestros días. Por la gracia del Espíritu Santo, fueron configurados con Cristo, como tantos testigos de la fe de todos los tiempos.

Queridos amigos salvadoreños, a pocas semanas del inicio el Jubileo extraordinario de la Misericordia, el ejemplo de Mons. Romero constituye para su querida nación un estímulo y una obra renovada de la proclamación del Evangelio de Jesucristo, anunciándolo de modo que lo conozcan todas las personas, para que el amor misericordioso del Divino Salvador invada el corazón y la historia de su buena gente. El santo pueblo de Dios que peregrina en el Salvador tiene aún por delante una serie de difíciles tareas, sigue necesitando, como el resto del mundo, del anuncio evangelizador que le permita testimoniar, en la comunión de la única Iglesia de Cristo, la auténtica vida cristiana, que le ayude a favorecer la promoción y el desarrollo de una nación en busca de la verdadera justicia, la auténtica paz y la reconciliación de los corazones.

En esta ocasión, con tanto afecto por cada uno de ustedes aquí presentes y por todos los salvadoreños, hago míos los sentimientos del beato Monseñor Romero, que con fundada esperanza ansiaba ver la llegada del feliz momento en el que desapareciera de El Salvador la terrible tragedia del sufrimiento de tantos de nuestros hermanos a causa del odio, la violencia y la injusticia. Que el Señor, con una lluvia de misericordia y bondad, con un torrente de gracias, convierta todos los corazones y la bella patria que les ha dado, y que lleva el nombre del Divino Salvador, se convierta en un país donde todos se sientan redimidos y hermanos, sin diferencias, porque todos somos una sola cosa en Cristo nuestro Señor (cf. Mons. Óscar Romero, homilía en Aguilares, 19 junio 1977).

Quisiera añadir algo también que quizás pasamos de largo. El martirio de Mons. Romero no fue puntual en el momento de su muerte, fue un martirio-testimonio, sufrimiento anterior, persecución anterior, hasta su muerte. Pero también posterior, porque una vez muerto –yo era sacerdote joven y fui testigo de eso - fue difamado, calumniado, ensuciado, o sea que su martirio se continuó incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado. No hablo de oídas, he escuchado esas cosas. O sea que es lindo verlo también así: un hombre que sigue siendo mártir. Bueno, ahora ya creo que casi ninguno se atreva pero que después de haber dado su vida siguió dándola dejándose azotar por todas esas incomprensiones y calumnias. Eso a mí me da fuerza, solo Dios sabe. Solo Dios sabe las historias de las personas y cuántas veces, a personas que ya han dado su vida o que han muerto, se las sigue lapidando con la piedra más dura que existe en el mundo: la lengua.

Por intercesión de Nuestra Señora de la Paz, cuya fiesta hemos celebrado hace pocos días, invoco la bendición de Dios sobre ustedes y todos los queridos hijos e hijas de esa bendita tierra.

Muchas gracias.

© http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino.html - 30 ottobre 2015


 

Cari Fratelli nell’Episcopato,
Autorità,
Sacerdoti,
religiosi,
religiose,
seminaristi,
fratelli e sorelle. Buongiorno.

Con molta gioia ricevo oggi la vostra visita e, nel darvi il mio più cordiale benvenuto, desidero manifestarvi anche il mio affetto per tutti i figli dell’amata nazione salvadoregna. Ringrazio monsignor José Luis Escobar, Presidente della Conferenza Episcopale, per le sue cordiali parole. A tutti voi, grazie mille per la vostra presenza calorosa ed entusiasta. Vi ha portato a Roma la gioia per il riconoscimento come beato di Monsignor Óscar Arnulfo Romero, Pastore buono, pieno di amore di Dio e vicino ai suoi fratelli che, vivendo il dinamismo delle beatitudini, giunse fino al dono della sua stessa vita, in modo violento, mentre celebrava l’Eucaristia, Sacrificio dell’amore supremo, suggellando con il suo stesso sangue il Vangelo che annunciava. Fin dagli inizi della vita della Chiesa, noi cristiani, persuasi dalle parole di Cristo, che ci ricorda che «se il chicco di grano caduto in terra non muore, rimane solo» (Gv 12, 24), abbiamo nutrito sempre la convinzione che il sangue dei martiri è seme di cristiani, come dice Tertulliano. Sangue di un gran numero di cristiani martiri che ancora oggi, in modo drammatico, continua a essere sparso nel campo del mondo, con la speranza certa che fruttificherà in un raccolto abbondante di santità, di giustizia, di riconciliazione e di amore di Dio. Ma ricordiamo che martiri non si nasce. È una grazia che il Signore concede e che riguarda in qualche modo tutti i battezzati. L’Arcivescovo Romero ricordava: «Tutti dobbiamo essere disposti a morire per la nostra fede, anche se il Signore non ci concede questo onore... Dare la vita non significa solo essere uccisi; dare la vita, avere lo spirito di martirio, è dare nel dovere, nel silenzio, nella preghiera, nel compimento onesto del dovere; in quel silenzio della vita quotidiana; dare la vita a poco a poco» (Udienza generale , 7 gennaio 2015). Il martire, di fatto, non è qualcuno che è rimasto relegato nel passato, una bella immagine che adorna le nostre chiese e che ricordiamo con una certa nostalgia. No, il martire è un fratello, una sorella, che continua ad accompagnarci nel mistero della comunione dei santi, e che, unito a Cristo, non trascura il nostro pellegrinare terreno, le nostre sofferenze, le nostre pene. Nella storia recente di questo amato paese, la testimonianza di Monsignor Romero si è aggiunta a quella di altri fratelli e sorelle, come padre Rutilio Grande che, non temendo di perdere la propria vita, l’hanno guadagnata, e sono stati costituiti intercessori del loro popolo dinanzi al Dio Vivente, che vive nei secoli dei secoli, e ha nelle sue mani le chiavi della morte e degli inferi (cfr. Ap 1, 18). Tutti questi fratelli sono un tesoro e una fondata speranza per la Chiesa e per la società salvadoregna. L’impatto del loro dono di sé si percepisce ancora ai nostri giorni. Attraverso la grazia dello Spirito Santo furono configurati con Cristo, come tanti testimoni della fede di tutti i tempi. Cari amici salvadoregni, a poche settimane dall’inizio del Giubileo straordinario della Misericordia, l’esempio di Monsignor Romero costituisce per la sua amata nazione uno stimolo e una opera rinnovata della proclamazione del Vangelo di Gesù Cristo, annunciandolo in modo che lo conoscano tutte le persone, affinché l’amore misericordioso del Divino Salvatore invada il cuore e la storia della sua buona gente. Il santo popolo di Dio che peregrina in El Salvador ha ancora dinanzi a sé una serie di difficili compiti, continua ad aver bisogno, come il resto del mondo, dell’annuncio evangelizzatore che gli consenta di testimoniare, nella comunione dell’unica Chiesa di Cristo, l’autentica vita cristiana, e lo aiuti a favorire la promozione e lo sviluppo di una nazione alla ricerca della vera giustizia, dell’autentica pace e della riconciliazione dei cuori. In questa occasione, con tanto affetto per ognuno di voi qui presenti e per tutti i salvadoregni, faccio miei i sentimenti del beato Monsignor Romero, che con fondata speranza anelava veder giungere il felice momento in cui da El Salvador sarebbe scomparsa la terribile tragedia della sofferenza di tanti nostri fratelli a causa dell’odio, della violenza e dell’ingiustizia. Che il Signore, con una pioggia di misericordia e di bontà, con un torrente di grazie, converta tutti i cuori e la bella patria che vi ha dato, e che porta il nome del Divino Salvatore, si trasformi in un paese dove tutti si sentano redenti e fratelli, senza distinzioni, perché tutti siamo una cosa sola in Cristo nostro Signore (cfr. Monsignor Óscar Romero, Omelia ad Aguilares, 19 giugno 1977). Vorrei aggiungere qualcosa che forse ci è sfuggito. Il martirio di monsignor Romero non avvenne solo al momento della sua morte; fu un martirio- testimonianza, sofferenza anteriore, persecuzione anteriore, fino alla sua morte. Ma anche posteriore, perché una volta morto — io ero un giovane sacerdote e ne sono stato testimone — fu diffamato, calunniato, infangato, ossia il suo martirio continuò persino da parte dei suoi fratelli nel sacerdozio e nell’episcopato. Non parlo per sentito dire, ho ascoltato queste cose. Cioè, è bello vederlo anche così: come un uomo che continua a essere martire. Ebbene, credo che ora quasi nessuno osi più farlo. Dopo aver dato la sua vita, continuò a darla lasciandosi colpire da tutte quelle incomprensioni e calunnie. Questo mi dà forza, solo Dio lo sa. Solo Dio conosce le storie delle persone, e quante volte persone che hanno già dato la loro vita o che sono morte continuano a essere lapidate con la pietra più dura che esiste al mondo: la lingua. Per intercessione di Nostra Signora della Pace, la cui festa abbiamo celebrato qualche giorno fa, invoco la benedizione di Dio su di voi e su tutti i cari figli e figlie di questa terra benedetta. Grazie mille.

© Osservatore Romano - 31 ottobre 2015